MANCHO Y LUCECITA

La comuna número  5 de Neiva, es un sector lleno de ilusiones y de esperanzas, sus barrios llevan nombres de orquídeas, jardines y florestas.

 Como todo sector popular, sus hogares humildes adolecen de unidad familiar, cuando conviven papá y mamá, ambos trabajaban para subsistir.

 Una madre honesta y trabajadora surce, teje, diseña y confecciona para sacar adelante un grupo de jóvenes.

 El patriarcado adolece de matriarcado, son las madres las que asisten a las reuniones dizque de padres de familia.

 La responsabilidad de la asistencia a las reuniones escolares es institucional, y autoritaria desde el mismo momento de la matrícula, pues debería llamarse patrícula para que asistieran los padres.

 La señora sigue en su mundo de la confección y el padre con lo poco que gana toma licor, porque quien trabaja toda la semana, tiene derecho a un par de cervezas, que ironía.

 Macho llega tomado  a casa y arremete verbalmente contra su familia y en su tono de voz expresa códigos lingüísticos que Mancho no entiende.  

 Después de la perorata, Macho saca de casa a Mancho, el joven confundido se va a quedar donde sus amigos o familiares, requiere de una mano amiga.

 No muy lejos de allí, Lucecita pierde su padre, la madre, se dedica al trabajo diario, llega a su inquilinato pasada la media noche, agotada del ejercicio de lavar y aplanchar.

 Mancho y Lucecita  se conocen, son pares y estudian en el mismo colegio, compartiendo sus problemas socialmente relevantes y las salidas según la ocasión: asistir a una convivencia.

 La mamá de Mancho teje y confecciona día y noche para enviarlo a la convivencia preestablecida.

 Lucecita recurre a un samaritano, vecino del sector para que con su credicuerpo  le de unos céntimos, pues necesita completar el costo de la convivencia, porque su señora madre no podrá subsidiar el dichoso paseo, dice Lucecita.

 La “convivencia” era obligatoria, quien no asistiera, se haría acreedor a un logro  negativo que sería consignado como insuficiencia en su evaluación de comportamiento.

 La Institución Educativa y su cuerpo de profesores  desconocen cómo los jóvenes adquieren los recursos  económicos para asistir a la “convivencia”, lo importante es participar, no significar.

 En la convivencia, nadie conocía el problema de Mancho y Lucecita, todo era conductista y estandarizado, la diversidad y el contexto sociocultural aquí no importaba nada, lo prioritario era pagar por asistir.

 Pasó la “convivencia”, Mancho sigue siendo un vacan fuera de su hogar y lucecita sigue utilizando sus truquitos  de niña traviesa para ganarse unos pesos y disfrutar de su recreo o atender las exigencias de su querido colegio.

 Los retos de la prevención integral son paradigmáticos, utópicos, pero hay que afrontarlos, no con seudoconvivencias, sino con amor, afecto y socioafectividad por parte de los formadores  de hombres  y mujeres que sean  capaces  de reconstruir  vidas a través de proyectos educativos  pertinentes y contextualizados.

 No permitas que en tu colegio o en tu casa exista un Mancho y una Lucecita, dialoga con tus hijos, respeta la diferencia y la diversidad.

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